De acuerdo con la narrativa en boga, este es el año de los desengaños sobre la democracia, iniciado por Brexit, continuado por el “no” al plebiscito por la paz en Colombia y culminado con la elección de Trump en Estados Unidos. Dejando a un lado el simplismo al no ponerse los tres en el mismo rubro, o ignorando otros asuntos como que el partido Podemos nada más no avanzó más allá de un umbral bajo en España, conviene tomar en cuenta algunos consejos para no acabar desengañado con los resultados de una elección:

Primero: siempre hay un día después. Sin importar cuán desgarrador sea el resultado de una votación para quien apoyó una causa, no es más que un paso más en una lucha que será permanente. El mundo no se va a acabar, simplemente se tendrán que tomar otras acciones.

Segundo: quienes votan en contra no son tontos. La política no es una lucha entre fuerzas del bien contra emisarios de las tinieblas, sino la arena donde chocan dos posiciones, pudiendo una u otra ganar de acuerdo con las estrategias que eligen y las coyunturas del momento. Por lo tanto no hay una posición “buena” y otra “mala” o una “inteligente” frente a otra “tonta”.

Quienes votan por una opción no lo hicieron porque sean tontos o malos, sino porque pueden estar convencidos de la opción opuesta, porque no consideraron los aspectos negativos o simplemente porque no los convencieron las alternativas. Hay estudios que afirman que una persona convencida por una opción se ha cerrado a toda información que contradiga sus posturas: la negación puede no implicar estulticia, sino quizás una inteligencia tan desarrollada que ha encontrado formas lógicas para ignorar lo que no gusta.

La democracia implica siempre contrastar, corroborar y cuestionar. Si bien no hay mayor pobreza en este juego que tener certezas, creer que hay gente tonta puede llevar a creer que se le debería proteger de sí mismas y sus decisiones. Ese sería el primer paso para desmantelar el sistema de libertades que hemos ganado tras siglos de luchas.

Tercero: la gente es mucho más sofisticada de lo que se piensa. Si la gente es más inteligente de lo que algunos desean, las herramientas para medir preferencias sólo son retratos de un momento, basados en coyunturas y aplicados a personas que pueden responder según sus consideraciones estratégicas. Por tanto son una entre varias herramientas para definir estratégicas y pronósticos que siempre estarán sujetos al error. Creer en diagnósticos y proyecciones como si fueran fatales es similar a caer en supersticiones.

Cuarto: evitar términos mitológicos. Muchos analistas esperaron que saldría un “voto latino” en las elecciones de Estados Unidos a favor de Hillary Clinton. Ese mismo engaño vivió el gobierno mexicano al tratar de cabildear por una reforma migratoria ante el Capitolio en 2002-2003. En realidad una comunidad que vota unánimemente a favor de un tema sólo por vínculos raciales o culturales es una mentira: los individuos deciden guiados por muchas otras variables e intereses. Dejemos las imágenes emotivas para canciones pop y comencemos a pensar más a detalle.

Quinto: ¿funcionan las instituciones? Es necesario vigilar el desempeño de las reglas del juego, toda vez que la ciudadanía y sus expectativas evolucionan con mayor rapidez que las primeras. Cuando hay un abismo entre las instituciones y las expectativas surge el descontento y se facilita votar por opciones fáciles e inmediatas.

Al contrario, cuando las instituciones son sólidas es posible atajar eficazmente los riesgos del personalismo. Por lo tanto si las cosas no van bien es buen momento para pensar en cómo adaptar las reglas del juego. El problema es que los gobernantes no pondrán sobre la mesa el tema en la medida que el estatus quo les beneficia. Es tarea del ciudadano pensar y presionar: hay poco margen para la innovación y las ocurrencias se pagan caras.

Sexto: no culpar a los demagogos. Quienes se aprovechan de los miedos sólo se aprovechan de un sistema que no funciona. ¿No es hora de comenzar a cuestionar a quienes percibimos como “buenos” por su ineptitud en vez de espantarnos por los “malos”?