Nuestro país comparte con Estados Unidos mucho más que una frontera. La situación geográfica hace que compartamos problemas comunes como el narcotráfico y la seguridad regional. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte une a la región en un mercado común. Nuestras fronteras han desarrollado su propia cultura y dinámicas.

Aunque pueda alarmar la demagogia de Donald Trump, existen pesos y contrapesos en nuestro vecino del norte que en el peor de los escenarios hubieran diluido los ataques del candidato. Para decirlo de otra forma, la agenda entre los dos países es mucho más compleja que una coyuntura electoral. Sin demeritar los riesgos que abría la elección de uno u otro candidato, se entendería como prioritario defender los intereses de México y elaborar campañas que desarmaran el discurso de odio.

Sin embargo nuestros políticos prefirieron refugiarse en el patrioterismo y discursos atávicos como la no intervención. En lugar de hablar de temas sensibles una parte optó por hacer proselitismo por Hillary Clinton e incluso un grupo de senadores se puso una camiseta de la campaña demócrata y posó en el salón de plenos, justo frente a la leyenda “La patria es primero”. Otros se enfrascaron en discusiones sobre las bondades de Trump o prefirieron perseguirse la cola en sofismas.

Salvo excepciones, brilló por su ausencia un debate sobre cómo promover el interés del México ganase quien ganase en lugar de creer que una persona cambiaría el entorno bilateral por sí misma. Van algunos spot y notas periodísticas para documentar este argumento:

Después de romper el silencio tras su exilio, Marcelo Ebrard reapareció para llamar a los latinos en Estados Unidos a votar por Hillary Clinton. Sin duda fue una estrategia inteligente para volver a salir al público, por más suspicacias nacionalistas pueda generar o especulaciones sobre lo que busca. Pero su discurso no va más allá de los lugares comunes de la izquierda. ¿Y los intereses de México en concreto?

Como dice el refrán, la necesidad es la madre de la invención. Y con poco presupuesto se presentó un spot ingenioso con un mensaje: el problema no es Trump sino el liderazgo de Enrique Peña Nieto, por lo que necesitamos liderazgos que nos definan. Mientras pensamos qué mérito tiene Margarita Zavala para mostrarse como la líder idónea, sería conveniente que en otra cápsula explique en qué consistiría para ella la defensa del país.

Por último el extremo opuesto: Andrés Manuel López Obrador aseguró el sábado 5 de noviembre que no se iba a entrometer en las elecciones presidenciales de Estados Unidos “para que ellos no se metan cuando tengamos que decidir los mexicanos, de manera libre y soberana”, según el diario Reforma. Indicó que haría valer el principio de no intervención en un asunto que solo corresponde a los estadounidenses, al tiempo que recordó en México habrá un nuevo presidente dentro de 20 meses. Y subrayó que “El siguiente presidente de México no será subordinado ni pelele de ningún gobierno extranjero".

Las declaraciones del tabasqueño lo instalan en los viejos atavismos del nacionalismo revolucionario y su discurso chauvinista. Bajo este esquema México no opinaba de política exterior para que ningún país se metiera en la política nacional. ¿Por qué? Porque en los años de hegemonía del PRI se tenía un régimen hegemónico y frágil ante los ataques. Apelar a los viejos mitos lo confirma como el último líder de masas del viejo PRI.